Rocío Acosta Mariño (ARQ '14)

Nuestra ExaUDEM Rocío Acosta Mariño (ARQ '14), nos comparte su experiencia de mudarse a la ciudad de San Cristóbal de las Casas, un lugar donde la multiculturalidad converge. "Desde que era estudiante, siempre he pensado que no se puede pretender ser un dirigente de construcción o, en otras palabras, un supervisor de obra, sin antes conocer los materiales y las manos que dan forma a los cimientos de un lugar. Después de esta idealista reflexión, creció mi motivación, y ya no me sonaba tan descabellada la idea de irme de albañil unos 3 o 4 meses", nos dice.

Cuando piensa en lo que hace  ahora, Rocío cae en cuenta de grandes cambios que modificaron el orden de su vida. Decide sentarse a tomar un respiro, y lo primero que ve es la altura en la que se encuentra. Por un momento, visualiza su vida y la razón de estar ahora en este lugar, a 11 metros sobre una construcción de bambú, acompañada de un vasto bosque, el cielo azul chiapaneco y el frío del ambiente en medio de una indescriptible quietud, "Con la sensación del barro entre mis dedos, el cabello amarrado y el olor de las mezclas con las que trabajo, descubro un contraste en mí que nunca imaginé".


Empezó su viaje como voluntaria en la construcción de Alter Natos, un centro de capacitación para comunidades indígenas, edificado en base a técnicas ecológicas y tradicionales. Cuando cambió de formato de “voluntario” al del “jornalero”, no pensó que sería tan duro. Sus tareas van desde 8 horas de excavar arcilla para la construcción de un estanque, y cargar cubetas de tierra en el hombro para los techos verdes, hasta cortar el pasto con machete y armar pisos de madera. "Mis días se ven rodeados de bambú y madera natural, paredes de tierra, techos verdes, llantas recicladas, materiales que, a pesar de su existencia y eficiencia, no son de común empleo de donde yo provengo", menciona nuestra ExaUDEM. 


Lo que más le sorprende es que sus compañeros jornaleros, durante “la talacha”, nunca se sientan. Había días en donde Rocío solo pensaba en el aguante de sus rodillas y espalda, pero al mismo tiempo se convencía que, al igual que los chicos, no debía sentarse. No podía dejar de hacer ciertas actividades, solo por qué se sintiera cansada, lo correcto era trabajar igual que sus compañeros, "Los primeros 6 meses fueron una prueba física para poder alcanzar su ritmo de trabajo. Hoy puedo decir orgullosamente que puedo cargar en mi espalda un bulto de cal, que son 24 kilos", nos comparte, "Todos los días me levanto como el campesino lo hace de su cama, sin cuestionar el horario o la poca luz del día. En el trayecto poco convencional hacia mi trabajo, subo una pendiente por 45 minutos y así comienzo mi jornada. Nunca había sudado el esfuerzo en mi frente, y resentido en todo mi cuerpo el dolor que me causaba el trabajo rudo, ya que lo más pesado que había hecho en mi vida estudiantil era recortar maquetas durante la noche y, ya graduada, trabajar 10 horas seguidas con Autocad, frente a un escritorio mientras me quejaba del dolor de mis pies por los tacones. La abismal diferencia del trabajo de escritorio al trabajo de campo".


Durante meses en la obra, no sólo ha aprendido de la construcción en el medio físico, se ha enriquecido de un contexto social y cultural muy distinto del que provenía. Su convivencia diaria es con hombres indígenas, y ella, como la única mujer, ha experimentado ese estigma social en el que mantienen al género femenino en un lugar inferior por una ideología que la sociedad se ha encargado de reforzar. 

"He notado que, aquí, las mujeres indígenas callan, yo hablo mucho y con acento norteño, y, al principio, fue extraña la relación laboral, tanto para ellos como para mí, pero con el tiempo hemos aprendido a trabajar juntos, estando siempre el respeto y el compañerismo presentes. No los culpo, así fue el contexto donde crecieron, tienen muy reforzados los roles de género, pero con pláticas e historias, además de mi arduo trabajo, han entendido que ser mujer no es una limitante para que pueda desempeñar las mismas labores que ellos", nos comenta.


Para Rocío, se convirtió en un reto personal el tratar de romper con todos los paradigmas, aunque sus rodillas y espalda a veces fueran la razón para decir que no podía. "No lo voy a negar, había momentos en que me cuestionaba qué estaba haciendo ahí, ganando 30 pesos la hora, pudiendo estar en una oficina ganando lo que una arquitecta graduada de universidad privada, se supone, merece. Tuve que salir de mi zona de confort para darme cuenta de todo lo que soy capaz, la recompensa de todo este esfuerzo ha sido la experiencia del trabajo en equipo y saber que soy más fuerte de lo que creía. He entendido un contexto totalmente diferente al que estaba acostumbrada, pero principalmente entendí que para hacer arquitectura social, tienes que ir más allá de los planos y escritorio", concluye.

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