miércoles, 21 de septiembre de 2016

Las lecciones que aprendimos del bullying

Antes que se asusten quiero aclarar que no apoyo abuso de ningún tipo y bajo ninguna circunstancia; pero como el bullying parece ser una de esas situaciones que todos enfrentamos en algún momento quiero llamar la atención hacia algunas habilidades que adquirimos cuando decidimos que no íbamos a aguantar más abusos de nuestros compañeros de escuela... o de trabajo.

Cuando la mayoría de nosotros éramos pequeños era aceptado que hubiera algunos niños que molestaban a los más pequeños o a los más callados. Y mientras no se saliera de control los adultos dejaban que nos arregláramos entre niños; cuando la situación lo ameritaba los maestros llamaban la atención a los que molestaban y los padres los castigaban en casa.

Este proceso nos enseñaba habilidades de negociación y el mensaje que recibíamos de los adultos era que somos personas independientes capaces de defendernos y manejar cualquier situación que enfrentáramos… la escuela no era sólo para aprender de historia, matemáticas y ortografía; también era un campo de entrenamiento para el mundo real en el que nos enfrentaríamos con personas de todo tipo y la expectativa era que de adultos no íbamos a tener a los maestros y los padres para defendernos si la situación se salía de las manos, teníamos que aprender por nosotros mismos.

Con tantas reglas para “evitar que los niños salgan lastimados” los expertos les están robando un vehículo de desarrollo sumamente importante a los pequeños. En cinco o diez años los jefes van a tener que actuar más como maestros de escuela y niñeros porque los nuevos profesionistas no estarán equipados para lidiar con ciertas situaciones por ellos solos.

Estas son algunas de las lecciones que aprendimos del bullying:

Que tu fuerza interior puede más que los músculos. Si eras el chiquito al que siempre quitaban del resbaladero o los pasamanos, un día decidiste que era suficiente y más nervioso que nada por las consecuencias a las que habías temido por meses (o tal vez años) dijiste que hoy no tenías ganas de moverte y seguiste jugando. Cuando el bully se te paró en frente con los brazos cruzados tú le viste directo a los ojos y volviste a decir “hoy quiero seguir jugando”; cuando te tomó de la muñeca para moverte, tu usaste el truco de defensa personal que te enseñó tu tío sorprendiendo a más de cuatro que estaban acostumbrados a ver la rutina del bully. Desde ese día jugaste tranquilamente sin que nadie más te molestara.

Que un gesto amable puede derrumbar las paredes más sólidas. Si eras de los que perdían el lonche a un compañero cruel que te obligaba a darle tu lonche con amenazas un día, cuando por fin le contaste a tu mamá porque llegabas con tanta hambre a la casa, ella te mandó dos lonches al siguiente dia, cada uno marcado con tu nombre y el nombre de tu compañero que se comía tu lonche. Este gesto confundió tanto a tu frecuente agresor que no volvió a robarte tu lonche y desde entonces son inseparables.

Que eres mucho más astuto de lo que los que te rodean creen. Si eras de los que odiaba pasar por esa esquina en el patio de la escuela porque ya sabías que estaba la pandillita que siempre te jugaba bromas pesadas. Un buen día decidiste enseñarles una lección y te les adelantaste. Lo mejor de todo fue que solo tú y la pandillita saben lo que hiciste porque tu no necesitas el crédito en público y ellos perderían su “poder” si alguien se enterara. Eso te ganó no solo el respeto de la pandilla pero del resto de tus compañeros quienes notaron el cambio en cómo te trataban.

Como dije al principio, no defiendo ningún tipo de maltrato o abuso, sin embargo es necesario aceptar que por naturaleza los humanos somos egoístas, lastimamos sin tener razón y el poder nos proporciona un placer especial que nada más nos da. Aquí es donde entra la utilidad del bullying.

El parque es para el lugar de trabajo lo que las llantitas de entrenamiento son para la bicicleta. Un lugar seguro, monitoreado por adultos donde ensayamos los comportamientos que tendremos de adultos.

En vez de establecer reglas fallidas diseñadas en eliminar lo que es inherentemente comportamiento humano deberíamos concentrarnos en establecer parámetros de comportamiento y enseñarle a los niños estrategias para manejar sana y exitosamente no solo el bullying pero cualquier tipo de abuso al que se enfrenten en la vida.

Los niños abusivos normalmente no son crueles por naturaleza, simplemente están desahogando frustración, dolor o estrés causado por los adultos en sus vidas. Y esas historias salen a la luz con los años.

Cuantos de nosotros quisiéramos desarrollar esa mirada de piedra que tenía la abuela; cuando hacíamos alguna travesura no decía una sola palabra pero su mirada penetraba hasta las entrañas y era todo lo que ocupábamos para comportarnos… si nuestros empleados experimentaran esa mirada, no ocuparíamos evaluaciones laborales, todos cumplirían los objetivos por tal de evitarla. Y esa es la mirada del niño inteligente que le gana a la “pandilla”.

¿Cuantas veces desearíamos tener el valor de pedirle a nuestro jefe el aumento que nos prometió hace dos meses? Ese es el valor del niño que decidió seguir jugando en el pasamanos. Lo justo es justo y no es necesario armar un escándalo, tranquilamente pedimos lo que nos toca y seguimos con nuestro día.

Así que en vez de asustarnos por lo que “los niños de ahora” hacen; enseñemos a los niños a defenderse constructivamente y enfrentar sus miedos con las sencillas estrategias que nosotros aprendimos de pequeños. ¡Que regresen el voto, quemados y otros juegos en los que hay que elegir equipos y no todos ganan!

Gabriela García-Williams (BAHL '93 / LCIC '00)

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